Google+ Seguidores

11 may. 2013

La Belleza




 

“...ese viaje hacia la nada que consiste en la certeza
de encontrar en tu mirada la belleza...”
Luis Eduardo Aute






Cuando me pidieron que respondiera a la pregunta “¿qué es la belleza?” lo primero que hice fue lo que la mayoría hacemos cuando tenemos alguna duda: remitirnos a los libros. Y entre ellos la opción inmediata fue el diccionario:
Belleza es la propiedad de las cosas que hace amarlas, infundiendo en nosotros deleite espiritual. Esta propiedad existe en la naturaleza y en las obras literarias y artísticas[1]. ¿Significa entonces que sólo son merecedoras de amor las cosas bellas? ¿Qué sería de algunos de nosotros, los menos agraciados por la Naturaleza (como el espécimen coautor de este ensayo)? Difiero de la primera parte de la definición, un tanto en defensa propia, otro tanto por verificación en la concreta realidad. Ejemplos vivos de tal verificación los constituyen mi siempre rígida y apostólica (“gracias al Señor”) tía Austreberta y el bonachón tío Cleto, cuya tierna fealdad -que se anuncia ya desde sus nombres- nunca ha sido obstáculo para amar a sus semejantes y ser amados por los mismos.
Luego, respecto a la segunda frase del concepto: ¿qué me dicen de algunos adeptos al feísmo artístico como José Luis Cuevas o, sin ir más lejos, nuestro paisano Francisco Toledo? A las obras de ambos pocos podríamos calificarlas como bellas, ¿o acaso lo que sucede es que confundimos lo bello con lo bonito y lo políticamente correcto? Ante tal complicación filosófica opté por seguir buscando en los libros.
Llamó mi atención un libro de Estética y, hojeándolo con escaso detenimiento, me topé con la foto de un rostro humano cruzada por líneas horizontales, verticales y algunas curvas.  En resumidas cuentas lo que entendí de dicha explicación fue que se intentaba establecer una relación entre belleza y simetría (“la belleza es orden”, declaró el filósofo griego... ¿Platón?) Renuente como soy a las Matemáticas (no es casualidad mi ingreso a la carrera de Psicología, entre otros motivos, para evitar a los números) preferí evadir este concepto. Argumenté para mí mismo: “las matemáticas son frías y nada tienen que ver con lo bello”; después caería en la cuenta que la belleza también tiene su algidez, y sus lágrimas.
Cambié de libro y tomé uno con olor a papel viejo[2] de frases de genios, poetas, filósofos y literatos. Van sólo algunas: “la hermosura es una tiranía de corta duración”, dicha por Sócrates; viene después la opinión de su discípulo: “lo que da valor a esta vida es la contemplación de la belleza”[3]. Me encontré una que me pareció demasiado cursi, incluso ingenua, casi sonreí: “la belleza es una luz divina, un rayo celestial que diviniza los mismos objetos en que brilla” –Matastasio.
Al final de este paseo por los libros quise ponerme moderno, me envestí con el traje de cibernauta y encontré cosas como ésta en la red:
Una de las primeras discusiones al respecto, la encontramos en Jenofonte, en el siglo V a. c. quien afirmó que existen tres categorías diferentes para el concepto de belleza:
1. La belleza ideal: basada en la composición de las partes
2. La belleza espiritual: el alma, que se expresa a través de la mirada
3. La belleza funcional: las cosas son bellas en tanto que son útiles.[4]
Posteriormente volvía a retomar a Platón en cuanto a su noción de belleza como armonía y proporción en un nivel suprasensible; es decir,  que está más allá de lo que pueden captar nuestros sentidos y más allá de lo intelectual, por lo cual captar la belleza –según Platón- es algo accesible sólo para unos cuantos.
Incluso me encontré en la internet una crítica (a la cual me sumé) a tesis biológicas que, frente a la pregunta “¿qué es lo bello?”, respondían: “Cuando nos hacemos esta pregunta, en realidad estamos preguntándonos: ¿Qué es lo que a un conjunto de personas hace segregar parecidas sustancias y corrientes eléctricas, activando partes detectables del cerebro, tal que les resulta agradable apreciar esa cosa?”[5]
Pero todas aquellas explicaciones me resultaban insuficientes, así fue como decidí salir a buscar la belleza afuera, en la calle, en el mundo real. Me movía la convicción de considerar que la belleza no se halla en conceptos ni fórmulas, ¿era esto realmente una convicción o sólo un prejuicio? Aún así me empeñaba en creer que sólo podía entender la belleza cuando le quitaba el carácter etéreo y la aterrizaba en lo mundano. Al hacerlo podía pecar de subjetivo, ¿pero acaso no tenía también esta cualidad la belleza?, ¿dependía o no únicamente de percepciones individuales? ¿O existe una belleza objetiva en la que coincidamos todos?
Lo primero que presencié al salir fue el amanecer limpio, pintado con un azul celeste brillante e intenso y, al verlo, respiré hondamente el aire libre del smog citadino al menos por un momento antes que los automóviles comenzaran a circular en gran número. Estuve a punto de reconocer a Dios como el más grande generador de una belleza absoluta, pero antes de que la idea se desdoblara en mis adentros recordé enfermedades, pestes y malformaciones (del cuerpo y del espíritu), terremotos e inundaciones, “misteriosos designios”. ¿Eso es belleza también?, ¿es todo lo anterior otra cara de la misma moneda?
Y si mi fe en Dios como creador de belleza se tambaleaba, más lo hacía respecto al Hombre cuya actual crisis trastoca también el ámbito de la belleza. Cuando mucho llegaba a concluir que si la belleza existía o era posible, ésta resultaba –la mayoría de las veces- efímera.
Seguí andando hasta que me senté en una banca del parque, víctima del cansancio pero con la energía suficiente para permanecer atento y con la mirada levantada. Y ahí estaba esa persona, en la banca de enfrente, quizá con el mismo cansancio, quizá con tan poca fe, pero con la mirada brillante y la sonrisa limpia. Y aún si esto resultaba efímero podía decir feliz que aquí hubo belleza “y ardió un instante y dejó su humilde huella, aquí entre el musgo, en
este libro de piedra”. [6]



[1] Enciclopedia Encarta
[2] Máximas. Editora y distribuidora mexicana, colección Adelita. México, 1950.
[3] Del Río, E. (RIUS): Filosofía para principiantes. Grijalbo. México, 1997.
[4] En: http: //filosofia.idoneos.com
[5] En: http: //www.filomusica.com
[6] Pacheco, José E. La “y”. En: Fin de Siglo y otros poemas.