Pregunté a mi colega médico del alma por qué yo, luego de un día arduo de trabajo con mis pacientes, terminaba el día exhausto, con el ánimo decaído y deprimido la mayoría de las veces. Mientras él salía de su consultorio (habiendo escuchado más pacientes que yo) con la faz radiante, iluminado, contento. A lo cual respondió, sin desdibujarse su amplia sonrisa:
Un hombre está de puntillas en una pequeña habitación oscura y vacía, los brazos estirados hacia arriba, las manos aferradas a las barras de la pequeña ventana, única fuente de luz de la habitación. Si se aferra con firmeza e inclina hacia atrás la cabeza, puede ver un pequeño rayo de sol entre las barras superiores. No quiere correr el riesgo de perderlo de vista. Y así sigue tendiéndose hacia el rayo de sol, firmemente aferrado a las barras. Está tan empeñado en el esfuerzo de no perder de vista ese resplandor de luz vital, que no se le ocurre soltarse y explorar el resto de la celda. Así nunca descubrirá que la puerta del otro extremo de la celda está abierta y que él es libre. Siempre habría podido salir a la luz del día, con sólo haberse soltado.
(Tomado "prestado" de Nardone, G. Más allá del miedo.)
Le preguntaron al médico del alma acerca de un remedio para extinguir la tristeza de la vida de uno. Y él, con toda la sabiduría acumulada tras sus años de estudio y experiencia, contundentemente declaró:
Sentado a la orilla del mar nocturno, acompañado únicamente por el rumor de las olas rompiendo sobre el muelle y una suave y fresca brisa que –ensimismado- él apenas percibía, pensó que nadie lo escucharía, que a nadie le importaba. Que estaba solo.
Así que extrajo apresuradamente de su bolsillo un pedazo de papel arrugado, garabateaba algo entre signos de interrogación mientras las lágrimas escurrían por sus mejillas. Introdujo el papel en una botella y la lanzó lo más lejos que pudo, furiosamente. Permaneció el resto de la noche maldiciendo y llorando hasta que el sueño lo venció.
A la mañana siguiente, lo primero que vio al despertar fue una botella semejante a la suya, la abrió con ansiedad y al leer lo que había dentro pareció que una luz le iluminó el rostro. Sonrió largamente. El papel decía “Sí”.
Con sus veintitantos años encima afirmó tajantemente:
"No quiero crecer".
Sus razones:
"Quiero quedarme así como estoy, porque ser adulto significa arrastrar por las calles una cara de infinita tristeza, desilusión y pérdida. No quiero vivir sin sentido ni trabajar teniendo como únicos anhelos el cochecito nuevo y la casita limpia. No quiero perder el gusto de vivir".
Así yo tampoco querría ser adulto, pensé, mientras un escalofrío me recorría.