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14 oct. 2010

Deseo III


Aquella noche se fue a la cama con la dulce ansiedad que provoca el intuir que, a la mañana siguiente, va a estar ahí, presente, tangible, que lo podrás tocar y oler, saber que es tuyo.
Se pasó las horas insomne, con los ojos cerrados, recreando en su mente cada detalle del juguete que anhelaba, cada color, cada forma, la textura, los ángulos, los bordes. Incluso durante el sueño sus manos se agitaron en el aire para jugar con él. Pensó entonces que el  juguete estaba realmente ahí y que al despertar permanecería; no quería abrir los ojos  por miedo a que desapareciera pero sintió que debía hacerlo, intentó mirar, se detuvo, se armó de valor, los abrió de un golpe y miró.

Y todo porque los padres, el día anterior a la madurez de su hijo, aseveraron: si quieres que algo suceda tienes que desearlo, con todas tus fuerzas...